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Tengo muchas expectativas en mi cita de esta noche. ¿Habrá sexo? Seguro. Pero no seré yo. Mi cita es con Los Bridgerton. La serie vuelve y espero que Benedict Bridgerton y la enigmática Sophie sellen su amor al fin. Habrá un poquito de drama (previsible) y calentura, todo rodeado de bellos vestidos y palacios de Regencia. Amor y lujo. No pido más.
Es hora de reivindicar sin pudor esos productos culturales sin pretensiones -incluso malos, incluso pésimos- que simplemente nos aportan un momento de placer. Esta noche no busco una serie que me conmueva, ni me haga pensar, ni me sacuda. Sería como comer chucherías esperando alta cocina. Solo busco golosinas para el alma.
Pensé lo mismo al ver "Cumbres borrascosas". Fruslerías para una tarde de domingo. Claro que no respeta la novela de Emily Brontë (una Cathy que no clama "yo soy Heathcliff" es como un Hamlet que no dice "ser o no ser": otra cosa). Tal vez quienes se han ofendido tenían unas expectativas equivocadas. Yo disfruté de la película, que viene a ser lo que imaginaría una adolescente de hormonas disparadas al leer a Brontë. Sexo en el páramo; la Granja de los Tordos convertida en el palacio de Dalí; un Heathcliff que ya no aterra. Ahora es Mr. Darcy con un diente de oro... y mucho morbo.

Esa serie de mierda que no puedo dejar de ver
El desprecio a estos placeres culpables ha dejado de ser mero elitismo cultural. El problema de base hoy es esa necesidad de optimizarlo todo, incluso el ocio. De contabilizar. De puntuar. De prescribir. Anotamos las películas que vemos en IMDb, valoramos los libros en Goodreads, relatamos nuestras experiencias en Instagram... Y así vamos construyendo una impecable identidad digital donde no cabe el simple goce de desconectar.
¿Tan mal está ver una película pésima o hacer scroll hasta el infinito?
En realidad, esos momentos de encefalograma plano son necesarios (lo sé, es una paradoja reflexionar tanto sobre el no pensar).
Creemos que si no despilfarrásemos nuestro tiempo con el móvil leeríamos más, pero nos engañamos. Un periodista del New Yorker, que abandonó todas sus redes en julio, contaba hace poco que todos esos libros que esperaba leer nunca llegaron.
Soy realista, sé que hoy tampoco yo cogeré ningún libro: solo veré Los Bridgerton. Dicen que la cuarta temporada es la mejor. Por primera vez, las tramas secundarias empujan en la misma dirección que la historia principal: tensiones sociales en una Inglaterra de fantasía. Pero la lucha de clases no será el motivo por el que encenderé el televisor. Esta noche no quiero ser buena persona. Solo quiero chucherías.


