- Europa Alemania recupera el servicio militar voluntario para reclutar a miles de soldados frente a Rusia
Alemania se rearma. El país que juró como penitencia por los pecados cometidos en la II Guerra Mundial no volver a liderar militarmente el continente, ha emprendido el mayor esfuerzo militar desde 1945. Y lo más llamativo de ese rearme, impensable hace unos años, no es solo el ritmo al que se está procediendo, sino la reacción de los países que un día sufrieron la fiebre expansionista del III Reich. Y es que el miedo a una Alemania con músculo militar ha desaparecido y, de hecho, la proyección de una Alemania armada hasta los dientes genera alivio. "Alemania debe ser la nación líder en la seguridad europea y polaca", ha llegado a afirmar el primer ministro polaco, Donald Tusk. Gracias al endeudamiento sin límite previsto por el actual Gobierno, Berlín se dispone a cumplir con esas expectativas y por ende con el compromiso del 5% del PIB a la OTAN.
Según los planes anunciados hasta ahora por la Cancillería y por el Ministerio del ramo, Alemania pasa de gastar 86.000 millones de euros anuales en Defensa en 2024 a 150.000 millones en 2029. Para entonces, esperan contar con el ejército convencional mejor equipado y más poderoso de Europa, lo que supondrá pasar de los 180.000 efectivos que ahora tiene la Bundeswehr a unos 460.000, entre soldados y reservistas. "Debemos estar aptos para la guerra, de aquí a 2029", afirma el general Carsten Breuer, jefe del ejército.
No será fácil. Tras el fin de la Guerra Fría a principios de la década de 1990, el Gobierno comenzó a reducir la Bundeswehr de 500.000 soldados a los 180.000 actuales. El servicio nacional del país, en el que los jóvenes tenían que elegir entre servir en el ejército o realizar otro tipo de servicio civil, se suprimió en 2011. Los llamamientos para enrolarse en las fuerzas armadas se han multiplicado, pero en la sociedad alemana, especialmente entre los jóvenes, prima el antimilitarismo. Con todo, las solicitudes para ingresar en la Bundeswehr han aumentado un 20% este año, pero no todos superarán las pruebas físicas y de seguridad. Y, aunque lo hicieran, seguiría siendo insuficiente para cubrir las vacantes. Es probable que se vuelva a instaurar algún tipo de servicio militar obligatorio.
El giro comenzó el 27 de febrero de 2022, cuando el entonces canciller Olaf Scholz anunció sorpresivamente en el Bundestag un fondo especial de 100.000 millones de euros para modernizar la Bundeswehr. Lo presentó como "un cambio de era", pero pronto quedó claro que fue humo, un movimiento político defensivo. Scholz, ya con la guerra de Ucrania en marcha, trataba de sobrevivir políticamente a la presión aliada y dar un empuje a su imagen de líder vacilante. Su anuncio, de hecho, causó más entusiasmo en la oposición de la Unión Cristianodemócrata (CDU) que en su partido, el socialdemócrata (SPD), más apegado a la tradición antimilitarista que practicaron Willy Brandt y Angela Merkel que a la visión del nuevo líder de los conservadores y actual jefe de Gobierno, Friedrich Merz. "Debemos poder defendernos, para no tener que defendernos. Alemania no puede mantener su postura tradicional de reticencia al rearme por razones históricas sino que debe asumir un rol activo", dijo en su primera intervención ante el Bundestag tras asumir como canciller.
A diferencia de sus predecesores, desde Konrad Adenauer hasta Helmut Kohl, pasando por Gerhard Schroeder, Merkel y Scholz, Merz representa otra Alemania. Este canciller, ex presidente del fondo de inversiones Black Rock en Alemania y sin experiencia de Gobierno, es un dirigente dominante, orientado al pragmatismo económico y con voluntad de acción que ha convertido la simple mejora de la Bundeswehr de Scholz en rearme y éste en una política de Estado deliberada. Quiere reposicionar a Alemania como potencia central europea y, al mismo tiempo, redefinir su partido como eje liberal-conservador atlántico, industrial y estratégico.
La idea es ampliar la hegemonía sin estridencias que siempre ha seguido Alemania en Europa; supremacía sin desfiles ni proclamas. Aunque con un discurso más envalentonado y trufado de frases hechas, Alemania salvaguarda sus intereses a costa de reglamentos, alianzas industriales y hojas de ruta europeas que ella misma diseña. Lo que ahora vemos es una consolidación del rearme como política de Estado bajo una nueva élite política.
El relato oficial está claro porque es lineal y recurrente: Rusia supone una amenaza para la seguridad en Europa y el paraguas protector de Estados Unidos bajo la Presidencia de Donald Trump no es totalmente fiable. "Europa debe estar en posición de defenderse por sí sola y Alemania debe cumplir su parte", repite Merz. Ante la eventualidad de un ataque a Polonia o a los países bálticos, siempre temerosos del Kremlin, se reclama el despertar militar como garante frente a Moscú. "Temo menos el poder alemán que la inacción alemana", ha declarado el ministro de Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski. El ex primer ministro polaco Mateusz Morawiecki añade un matiz. Cree que los esfuerzos de Alemania para garantizar la paz en Europa "están lejos de ser altruistas. En el centro está una industria de armas robusta: la más fuerte de Europa", alertó el mes pasado.
Ciertamente hay cálculo económico. La industria automovilística alemana, símbolo de su prosperidad, atraviesa una crisis profunda. El país necesita una nueva industria tractora que mantenga empleo cualificado, sus exportaciones y su peso político. Y el sector de la Defensa, con contratos públicos garantizados y demanda creciente en toda Europa como consecuencia de la guerra en Ucrania, encaja perfectamente. Eso es "realpolitik".
No es un secreto que Alemania está aprovechando la situación para colocar a sus gigantes industriales -Rheinmetall, Krauss-Maffei Wegmann, ThyssenKrupp Marine Systems- en el centro de la futura arquitectura de defensa europea. Rheinmetall, por ejemplo, ya ha abierto fábricas en Lituania, Hungría y Ucrania, y lidera proyectos de artillería y blindados.
Francia observa los movimientos del vecino con creciente inquietud. Emmanuel Macron teme que la libertad fiscal de Berlín para rearmarse erosione la posición francesa como potencia militar de referencia en la UE. Porque la rivalidad industrial entre ambos países -de los sistemas antimisiles a los tanques- es abierta, aunque se vista de cooperación. Y esa es la clave. Todo ello indica que Alemania no sólo rearma para sí misma, sino que está intentando fijar estándares industriales y tecnológicos europeos que le den control de la cadena de suministro de defensa.
Estados Unidos consolidó su hegemonía global no sólo por tener el arsenal más grande, sino por fabricar y vender las armas que usan sus aliados. Porque quien fabrica las armas controla la cadena de mantenimiento, define los estándares técnicos, condiciona la interoperabilidad militar y crea dependencia estratégica.
Alemania está tratando de hacer exactamente eso a escala europea. Ejemplo claro: el escudo antimisiles europeo que impulsa Berlín. Si Alemania consigue que la mayoría de los países de Europa Central y del Norte compren su sistema basado en Arrow-3 israelí y Patriot norteamericano, integrados por Rheinmetall, entonces ella se convierte en el nodo técnico y político central de la defensa aérea europea. Francia, que tiene su propio sistema (Aster), ve esto como una pérdida de autonomía brutal, de ahí su lucha por una "soberanía estratégica europea" con material europeo y buena parte francés, mientras que Alemania, en cambio, quiere que esos fondos (como el European Defence Fund o los presupuestos nacionales) fluyan hacia sus empresas, que son más grandes y tienen más músculo financiero. Y aquí está la ironía. Dado que, en Bruselas, Alemania pesa más que Francia muchas iniciativas europeas acaban beneficiando desproporcionadamente a Berlín. Lo mismo que pasó con la austeridad en la eurozona, se puede repetir en Defensa.
Ya no se trata pues de "tanques alemanes en Varsovia", sino de "tanques fabricados en Alemania en toda Europa". Berlín ha perfeccionado su vieja táctica de "europeizar" sus intereses: vestir de proyecto europeo lo que conviene a su industria. Con el Fondo Europeo de Defensa, los programas de compras conjuntas y la normativa acelerada de producción de munición, Bruselas bendice y cofinancia lo que Berlín convierte en capacidad. La OTAN ofrece el paraguas político y de interoperabilidad; la UE, el trampolín financiero y regulatorio. Resultado: Alemania rearma con dinero europeo y paraguas atlántico, minimizando recelos y maximizando influencia. Por ejemplo, del paquete de 500 millones de euros del Acta de Apoyo a la Producción de Municiones (ASAP) para fomentar compras coordinadas entre Estados miembros, más de 130 millones irán directamente a Rheinmetall. Esto ya supone más del 25% del total de ese instrumento europeo.
