El Foro de Doha es la conferencia que organiza Qatar todos los meses de diciembre, un escaparate diferente para ver la política mundial, porque no es un evento dominado por Occidente. Quienes llevan la batuta son, obviamente, los cataríes. Pero con ellos va una parte del Sur Global, o sea, las nuevas potencias que parecen destinadas a dirigir el mundo en el siglo XXI y a las que conceptos sacrosantos en Europa como Occidente o comunidad transatlántica les producen entre sarpullidos y carcajadas.
Y el Foro, este año, ha coincidido con el colapso, más o menos visible, de esa relación transatlántica. Estados Unidos, por boca del hijo de Donald Trump, Don Jr., parece más interesado en seguir un modelo de gobernanza patrimonialista que de democracia liberal, lo que le acerca a algunos de los países del Sur Global y le aleja de una Europa que, al menos en este momento y vista desde el Golfo Pérsico, parece más pequeña, más perdida, y, también, más ignorante de su propia irrelevancia que nunca. Esta semana, Washington ha redoblado su presión para que Ucrania ceda territorio y soberanía a Rusia a cambio de unas garantías de seguridad sin especificar, y trata al viejo continente como si fuera una mezcla de rival ideológico, región al borde del colapso y área en la que Washington quiere subvertir el orden político.
Europa se ha quedado emparedada entre EEUU y Rusia
Por más que la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, declarara en Doha que todo va bien en la relación trasatlántica, la ferocidad de la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU ha noqueado a Europa. Los europeos están empezando a valorar como una posibilidad real la interferencia estadounidense en sus elecciones para apoyar a partidos nacionalistas y anti UE. El ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) ya se ha apresurado a dar la bienvenida a las ideas de una Casa Blanca que ha aceptado como verdadera la teoría del reemplazo, es decir, la existencia de un plan para reemplazar a los blancos de Occidente con población árabe, latinoamericana, africana y asiática. Todos esos partidos que ahora ya tienen el respaldo abierto de la Casa Blanca son, además, prorrusos.
EEUU va muy en serio en Ucrania
La situación es extrema para Ucrania, que se juega su supervivencia inmediata como país soberano. EEUU no parece dispuesto a bajar la presión para que Europa deje de ayudar a Kiev. No es descartable que Trump incluso decida acabar con el PURL (Lista de Requisitos Prioritarios para Ucrania), que es el mecanismo que el propio presidente de EEUU creó el verano pasado para vender armas a los socios de la OTAN que, a su vez, se reenviarán a Ucrania. Si el PURL se termina, el suministro de misiles antiaéreos a Kiev se vería en serio peligro, y Ucrania no podría seguir la guerra.
Europa necesita dos años para crear una línea de suministro sostenido a Ucrania. Pocos creen que, con Trump, Estados Unidos esté dispuesto a mantener la ayuda a ese país durante tanto tiempo. Una de las teorías dominantes en Doha era que Estados Unidos había publicado su Estrategia de Seguridad Nacional precisamente ahora y sin moderar su tono de agresividad para presionar a Europa en Ucrania. Y a EEUU no le preocupa el futuro de Ucrania. Como dijo el embajador estadounidense en la OTAN, Matthew Whitaker, en Doha: "Ucrania deberá aceptar el acuerdo que se alcance y Rusia deberá respetarlo en el largo plazo". Pero el acuerdo de paz incluye de forma detalladísima las concesiones territoriales y de soberanía en política exterior y de Defensa que debe realizar Kiev, así como las aportaciones económicas de la UE, mientras que solo habla en términos vagos de "garantías de seguridad" a Kiev.
Trump quiere paz para Ucrania y Gaza... y dinero para Estados Unidos
"La alianza entre Estados Unidos y la Unión Europea no solo puede basarse en intereses económicos, comerciales y empresariales. También se basa en compartir valores, y un interés por los derechos humanos y por la democracia". Así expresaba a EL MUNDO Jon Brennan, que fue director de la CIA con Barack Obama, su visión acerca de la relación entre EEUU y Europa.
Brennan, desde luego, no es un aliado de Trump, que ha dicho en repetidas ocasiones que el ex jefe de la agencia de espionaje "debería estar en la cárcel". Pero sus cautelosas palabras apuntan a algo que subyace al plan de paz de Trump para Ucrania: Europa pone el dinero para reconstruir el país (entre 100.000 y 200.000 millones de euros), y Estados Unidos lo gestiona conforme a su criterio. El acuerdo prevé colaboración entre EEUU y Rusia en criptodivisas, que es un sector en el que Moscú no tiene ningún liderazgo, pero que está controlado en EEUU por aliados de Trump, algunos de los cuales, como David Sacks, incluso trabajan en la Casa Blanca, o son miembros del gabinete, como el secretario de Comercio, Howard Lutnick. También incluye un plan para desarrollar la explotación de minerales críticos, que es una industria a la que el Gobierno de Trump está concediendo grandes subvenciones a empresas seleccionadas sin ninguna transparencia y entre las cuales hay compañías participadas por Don Jr.
No en balde, uno de los dos negociadores por la parte estadounidense es el yerno de Trump, el financiero Jared Kushner, que no tiene ningún cargo público, y que es también una figura central en el plan de paz de Gaza. El posible interés económico de los Trump y su entorno en la paz en Ucrania podría ser uno de los elementos que hacen muy difícil que Europa pueda influir en las negociaciones.
Europa ha dejado de contar
En el mundo en desarrollo, la admiración por el sistema de integración europeo fue inagotable en la primera década de este siglo. La UE, con el euro, era el modelo con el que los países soñaban. Después llegó la crisis del euro y la admiración por la parte económica se desvaneció. Con Ucrania, la parte geopolítica se ha extinguido. La UE habla de que Rusia es una "amenaza existencial", pero no es capaz de articular una respuesta que no esté dirigida por Estados Unidos. Si se suma a ello su nulo peso en inteligencia artificial (IA), la nube y otras tecnologías, su peso geopolítico futuro parece destinado a miniaturizarse. La inexistencia de capacidad estratégica queda de manifiesto en el hecho de que EEUU y Rusia pudieron pactar por su cuenta un acuerdo de paz que en la práctica es una rendición de Ucrania sin que nadie en Europa se enterara.
"¿Dónde ha quedado Europa?", se pregunta Trita Parsi, vicepresidente del think tank de Washington Quincy Institute, que fundado con dinero de la derecha (los hermanos Koch) y de la izquierda (George Soros) y que, aunque es estadounidense, nació en Suecia. "¿Cómo es posible que no haya jugado un papel de mediadora en la guerra de Gaza? Antes, cuando había algún conflicto, había negociaciones en Madrid, acuerdos en Oslo, en París o en Ginebra. ¿Cómo puede pretender tener una autoridad moral cuando no es capaz de tener una política con efectos prácticos en un país, Ucrania, con el que comparte frontera?", continúa. Su análisis concluye con un rotundo: "Después de esto, ¿qué autoridad moral puede pretender tener?"
Las relaciones tradicionales entre Europa y EEUU son cosa del pasado
Una política de un país europeo comentaba en Doha: "Lo que más me sorprendió de la intervención del embajador de Estados Unidos en la OTAN es que dijo que se había enterado de la Estrategia de Seguridad Nacional por la prensa".
Es un reflejo de lo que parece un nuevo reparto del poder en la Casa Blanca que países como Rusia, China o los diferentes emiratos del Golfo comprenden mejor que los legalistas europeos. Moscú supo alcanzar su acuerdo con Washington a través de Kushner y del enviado especial de Trump, Steve Witkoff, al que el presidente de EEUU conoce porque es un gran empresario inmobiliario de Nueva York con el que lleva décadas jugando al golf (con Witkoff, según las malas lenguas, dejándose ganar para complacer al ego del actual inquilino de la Casa Blanca). Marco Rubio, que es no solo secretario de Estado, sino también consejero de Seguridad Nacional, ni se enteró. Y, cuando trató de torpedear al acuerdo, fue sometido a la humillación de tener que desdecirse en cuestión de horas.
Esta dinámica se acentúa porque Trump tiene 79 años y problemas cardíacos y, aunque sigue al frente de todos los grandes temas, su agenda no parece tan sobrecargada como en el pasado. Pero está delegando más. Y, como en el caso de Ucrania o de Gaza, lo hace en personas de su confianza, no en los altos cargos oficialmente designados.
Europa, así, va a tener que jugar más la carta Starmer, es decir, la estrategia del primer ministro británico, Keir Starmer, con la ayuda del rey de ese país, Carlos III, de halagar a Trump personalmente ofreciéndole visitas de Estado o elogiando sus campos de golf. El gran problema es que, con una opinión pública manifiestamente hostil al presidente estadounidense, parece poco probable que ningún político sin el desprecio aparente de Starmer por su popularidad vaya a hacerlo.
EEUU no va a romper con Europa.
Pese a todo lo anterior, EEUU no se va a ir de la OTAN. O, al menos, eso dijo Whitaker en Doha. Ni a romper con la UE. La propia Estrategia de Seguridad Nacional admite que Europa es una región clave que, además, tiene superioridad militar en todos los ámbitos, salvo el nuclear, con respecto a Rusia. Lo que quiere Washington es una Europa ideológicamente más parecida al trumpismo, o, en palabras de Whitaker, "más alineada culturalmente" con EEUU, según declaró el propio embajador estadounidense ante la Alianza Atlántica. Que eso sea compatible con la Europa que existe hoy se sabrá en el futuro.
El ejemplo de Canadá
Cuando el liberal Mark Carney ganó las elecciones en Canadá en abril, dio una orden clara a su equipo de Gobierno: preparar una desvinculación de su país de EEUU.
Sus argumentos eran de peso. Trump había declarado en múltiples ocasiones su intención de anexionarse Canadá. El 28 de abril, día de las elecciones canadienses, Trump había declarado que ese país tendría "CERO ARANCELES si se convierte en el celebrado estado número 51 de los Estados Unidos de América". Incluso antes de asumir la Presidencia, Trump había colgado un montaje en internet con él bajo las banderas canadiense y estadounidense con la leyenda "¡Oh, Canadá!" frente a unas montañas nevadas. Ironías de la ignorancia geográfica: las montañas eran los muy europeos Alpes, y en ella se veía la inconfundible silueta del Cervino (o Mattenhorn), que marca la frontera entre Italia y Suiza.
No solo era el comercio. La piedra fundacional de la seguridad de Canadá, Australia, Reino Unido, y Nueva Zelanda es el sistema de compartición de inteligencia conocido como Cinco Ojos, con EEUU. Pero, desde la llegada de Trump, EEUU, que obviamente domina esa estructura, había empezado a dar menos información, sobre todo respecto a Rusia. El 10 de junio, el Departamento de Defensa de Estados Unidos anunció una revisión del Aukus, el pacto para la construcción de submarinos atómicos que alcanzó en septiembre de 2021 con Australia y el Reino Unido.
Desde entonces, Canadá ha estado buscando nuevos mercados y nuevas alianzas económicas y tecnológicas. Nunca va a poder desconectarse de EEUU, que es un país con el que comparte la frontera más larga del mundo y un mando de defensa aérea, y que tiene un PIB 14 veces superior y una población ocho veces mayor. Pero su intención es reducir esa dependencia al máximo. Al igual que muchos europeos, Carney cree que el trumpismo no es una excepción histórica, sino el nuevo rumbo de Estados Unidos.





