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Pakistán combate al monstruo que ayudó a crear

Esta es la historia de un cálculo geopolítico que funcionó a corto plazo como herramienta estratégica y que se volvió en contra con el paso del tiempo

Musulmanes con pancartas se manifiestan contra EEUU y a favor de los talibán, en Islamabad.
Musulmanes con pancartas se manifiestan contra EEUU y a favor de los talibán, en Islamabad.GETTY
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Pakistán fue un actor decisivo en la gestación de los talibán. Ahora, el movimiento que apoyó y dio refugio se ha convertido en un problema de seguridad existencial en su propia frontera. Esta es la historia de un cálculo geopolítico que funcionó a corto plazo como herramienta estratégica y que se volvió en contra con el paso del tiempo: alimentar a un actor radical y armado para ganar influencia regional terminó fortaleciendo a una constelación de milicias que están fuera de control y que quieren destruir la mano que un día les dio de comer.

La declarada guerra abierta que estalló oficialmente el viernes con el bombardeo de aviones de combate paquistaníes sobre Kabul, es precisamente un síntoma más de la histórica contradicción que ha vivido Islamabad. La potencia nuclear enfrenta un conflicto contra los mismos radicales que hace no mucho patrocinaban.

Los combates continuaron este fin de semana. Una explosión seca, seguida de ráfagas intermitentes que rasgaron el cielo de la capital, devolvió el domingo a Kabul a la rutina de la guerra. Las fuerzas armadas paquistaníes bombardearon además varias posiciones fronterizas de los talibán, quienes también atacaron campamentos militares en el país vecino. Las últimas cifras oficiales publicadas por Islamabad aseguran que más de 330 combatientes afganos han muerto y más de 500 resultaron heridos. También han destacado que su ejército habría destruido 104 puestos de control talibán y 163 tanques y vehículos blindados. Por su parte, Kabul afirmó horas antes que 55 soldados paquistaníes murieron y que 19 puestos de avanzada fueron capturados.

Retrocedamos de nuevo unas décadas: tras la invasión soviética de Afganistán en 1979, millones de refugiados cruzaron la frontera hacia Pakistán. En los campamentos del noroeste, crecieron generaciones de jóvenes afganos formados en madrazas financiadas por redes islamistas y apoyadas por Arabia Saudí y por la inteligencia paquistaní. De esas escuelas coránicas -de ahí el nombre talibán, que proviene de la lengua indoiraní pashto y significa "estudiante"- surgió el núcleo duro del movimiento que, ya en los años 90, regresó a Afganistán para enfrentarse y vencer a los señores de la guerra que habían fragmentado el país tras la retirada soviética.

La estrategia de Islamabad

Para Islamabad, el ascenso talibán ofrecía una oportunidad estratégica. Desde su creación en 1947, Pakistán ha buscado tejer una red de aliados frente a su archienemigo, la India. Durante el primer emirato talibán (1996-2001), Pakistán fue uno de los tres únicos países que reconocieron oficialmente al régimen de Kabul. La relación no era solo diplomática; incluía respaldo logístico, armamentístico y un flujo constante de combatientes a través de la porosa Línea Durand, la disputada frontera delimitada por el colonialismo británico. Son 2.577 kilómetros que atraviesan montañas y territorios tribales pastunes, el grupo étnico más grande de Afganistán y de donde proviene la mayoría de los talibán.

Todo cambió tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en las Torres Gemelas. Cuando Estados Unidos invadió Afganistán y la OTAN expulsó del poder a los talibán por dar cobijo a los terroristas de Al Qaeda, Islamabad se convirtió formalmente en aliado de Washington. Pero los paquistaníes jugaban a una ambigüedad que terminó provocando una crisis diplomática con EEUU y desconcertó a algunos de sus vecinos regionales.

Mientras colaboraban con las fuerzas estadounidenses en operaciones antiterroristas, sectores del aparato de seguridad paquistaní mantuvieron una estrecha relación con los talibán. Muchos de sus líderes, y también figuras de Al Qaeda como Osama bin Laden, encontraron refugio en ciudades y zonas fronterizas paquistaníes, especialmente en Abbottabad (donde fue abatido Bin Laden el 2 de mayor de 2011 en una operación de los comandos de los Navy SEAL) y en los montes de Waziristán. Desde allí, reorganizaron redes, planearon operaciones y mantuvieron viva la insurgencia contra el nuevo poder afgano respaldado por Occidente.

"El cálculo de Pakistán fue pragmático: mantener influencia sobre cualquier futuro en Kabul", explica el analista paquistaní Abdul Basit, investigador de terrorismo y seguridad en el sur de Asia. "Pero ese juego de equilibrio generó un ecosistema militante difícil de controlar que acabó explotando en su contra". Aquel ecosistema incluía no solo a los talibán afganos, sino también a su espejo paquistaní: el Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), fundado en 2007 para combatir directamente al Estado paquistaní. Otro importante grupo armado, que según Pakistán se beneficia de refugio en Afganistán, es el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), organización designada oficialmente como terrorista por organismos internacionales.

Islamismo profundamente rigorista

Durante años, Islamabad intentó diferenciar entre "talibán buenos" -los afganos, útiles frente a India- y "talibán malos" -los de origen paquistaní, que atentaban por todo el país-. El problema fue ambos grupos comparten matriz ideológica: un islamismo suní profundamente rigorista, con una interpretación estricta de la sharía, rechazo del orden estatal surgido de fronteras coloniales y afinidad con el yihadismo militante. Además, mantienen lazos comerciales y militares a través de redes tribales pastunes a ambos lados de la frontera y, en muchos casos, comparten combatientes que han operado en uno u otro escenario.

El retorno talibán en agosto de 2021, tras la caótica retirada estadounidense, llegó a ser celebrada en Islamabad. Pero el efecto fue el contrario al esperado y Pakistán comenzó a sufrir un repunte significativo de la violencia islamista. El TTP intensificó los atentados y reforzó su presencia en áreas fronterizas. Islamabad acusa a Kabul de permitir que estos terroristas operen desde suelo afgano.

"Pakistán pensó que un Gobierno talibán en Kabul sería más cooperativo en materia de seguridad. Subestimó la autonomía del TTP y la dificultad de imponer disciplina entre aliados ideológicos", señala Michael Kugelman, especialista en Asia del Sur del Wilson Center, un think tank estadounidense. "El resultado es una paradoja estratégica: el mismo movimiento que Islamabad ayudó a consolidar para asegurar su frontera occidental ha generado un espacio donde florecen actores hostiles a su propio Estado".

Pocos días después de la caída de Kabul en agosto de 2021, cuando los talibán recuperaron el poder tras la retirada occidental, el entonces jefe del poderoso servicio de inteligencia paquistaní -el teniente general Faiz Hameed- se dejó ver en la capital afgana en una imagen que muchos interpretaron como la escenificación de una victoria estratégica. Sentado con gesto relajado en el vestíbulo del hotel Serena, uno de los más lujosos de la ciudad, lanzó un mensaje tranquilizador ante las cámaras: "No se preocupen, todo estará bien".

Nueva ola de atentados

En Islamabad se daba por hecho que la llegada de los talibán consolidaría su influencia en Kabul y garantizaría una frontera occidental dócil. Cinco años después, la realidad ha dinamitado aquella fotografía.

La justificación de Pakistán para los bombardeos sobre Kabul del viernes y otras regiones como Kandahar -cuna y bastión histórico del movimiento talibán- se apoya en una renovada ola de atentados que ha sacudido al país en las últimas semanas. Islamabad apunta directamente a grupos yihadistas que, sostiene, operan desde territorio afgano con la tolerancia o el respaldo del régimen talibán.

El 6 de febrero, un atacante suicida mató al menos a 36 personas en una mezquita chií de Islamabad. Días después, se produjo otro incidente en el que un vehículo cargado de explosivos embistió un puesto de seguridad en Bajaur, matando a 11 soldados y a un niño. El 21 de febrero, otro atacante suicida atacó un convoy de seguridad, matando a dos soldados.

En el centro de las acusaciones figura el TTP. El ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, afirmó que la paciencia de Islamabad "se ha agotado" tras reiteradas exigencias a Kabul para que impida que el grupo terrorista utilice suelo afgano como santuario desde el que planificar atentados.

Una potencia nuclear

En esta guerra cada vez más abierta, la asimetría es abrumadora. Pakistán es una potencia nuclear, con un aparato militar construido durante décadas bajo la obsesión estratégica de contener a la India y proyectar disuasión en un vecindario inflamable. Cuenta con uno de los ejércitos más potentes del sur de Asia. Según el último informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), Pakistán mantiene unos 650.000 efectivos en servicio activo y más de 500.000 reservistas. A esa masa crítica se suman cerca de 300.000 integrantes de fuerzas paramilitares y policía militarizadas, un entramado que convierte al estamento castrense en la institución más poderosa y organizada del país.

Islamabad dispone además de centenares de carros de combate, miles de piezas de artillería, helicópteros de ataque, una fuerza aérea equipada con cazas de última generación -incluidos modelos desarrollados junto a China- y una marina con submarinos capaces de reforzar su capacidad de segundo golpe.

En su armería también guarda un arsenal de misiles balísticos de corto y medio alcance aptos para portar cabezas nucleares. Las estimaciones internacionales sitúan su inventario atómico en torno a 170 ojivas, una cifra suficiente para sostener la disuasión mínima creíble que proclama su doctrina oficial.

Enfrente, el aparato militar de Afganistán es, en esencia, una mutación de la insurgencia que durante dos décadas combatió a las tropas occidentales y al antiguo Gobierno afgano. Las cifras oscilan entre 150.000 y 200.000 combatientes, aunque la opacidad es la norma y buena parte de las estructuras siguen articuladas en torno a lealtades tribales, comandantes regionales y redes personales de poder.

Un ejército de guerrilla

Los talibán han intentado transformar una guerrilla en un ejército regular, apropiándose del material abandonado tras la retirada estadounidense en 2021: vehículos blindados ligeros, armamento individual moderno y algunos helicópteros que, en muchos casos, carecen de mantenimiento y pilotos cualificados. Pero no dispone de una fuerza aérea operativa comparable.

Los gobernantes de Afganistán han asegurado en las últimas horas que están abiertos a las negociaciones para poner fin al conflicto. Sin embargo, los portavoces paquistaníes han dicho que no habría diálogo, reiterando su vieja exigencia de que los talibán deben dejar de "exportar y dar refugio al terrorismo", una acusación que Kabul niega.

En 2011, durante una visita oficial a Islamabad, la entonces secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton lanzó una advertencia que hoy resuena con fuerza renovada: "No se puede tener serpientes en el patio trasero y esperar que solo muerdan a los vecinos". Quince años después, la metáfora se ha convertido en diagnóstico.