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Eduardo Infante

El gurú superventas de la filosofía de calle: "Estamos enfermos de felicidad, con nuestro estilo de vida no sabemos vivir bien"

El divulgador de Filosofía con más lectores de los últimos tiempos publica 'Ética en la calle', un ensayo que llama a vivir en la dignidad de la reflexión. "La pregunta no es cómo ser feliz, sino cómo ser digno de la felicidad", dice

El gurú superventas de la filosofía de calle: "Estamos enfermos de felicidad, con nuestro estilo de vida no sabemos vivir bien"
JORGE PETEIRO
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Actualizado

La conversación con Eduardo Infante está llena de frases que, leídas en el papel, suenan casi tajantes: «La libertad es la obra de la filosofía». «La ideología es lo contrario de la ética». «El mundo está enfermo de felicidad». Es una fachada atractiva pero no del todo justa respecto a Infante, que habla a través de la pantalla de Zoom como si fuese un filósofo peripatético. Algunas de sus respuestas parecen divagaciones, pero al final siempre encajan en un sentido tan sencillo que parece que estuvo allí siempre.

Otras ideas que se presentan con el aspecto de juegos florales acaban por ser las más esenciales. Infante, autor de tres libros de divulgación filosófica, incluido el best seller Filosofía en la calle, publica ahora Ética en la calle (Ariel), un ensayo sobre la necesidad de vivir dignamente, que es uno de los significados de la palabra ética. En el texto biográfico de su solapa, Infante se define como bético. «Y eso tiene también su interés ético porque el famoso manque pierda es una idea ética. No significa resignación a la derrota como se interpreta a veces, significa dignidad en la derrota».

Me gustaría empezar por la palabra placer en relación al concepto de ética. Hoy tenemos acceso masivo a muchísimos placeres, a sabores, imágenes y experiencias sexuales que antes eran escasos, pero a menudo sentimos esa abundancia como un problema.
Porque hemos hecho del placer la única medida de lo bueno, que es la medida que tiene cualquier animal. El placer es bueno y el dolor es malo, para decir eso no hace falta ningún tipo de reflexión. Fíjese que incluso las filosofías clásicas que apostaron por el placer hablaban del placer reflexionado. Arístipo decía que el placer era la medida de lo bueno, pero después decía que no le valía cualquier placer ni a cualquier costa. Si el pago del placer era la libertad y la dignidad, si el placer lleva a esclavizarnos, entonces... A un niño pequeño no hace falta enseñarle qué es lo que le place. Ya sabe él solo que el chocolate le da placer y no hay por qué ir contra esa evidencia.
Si desayuna, come y cena chocolate, el chocolate dejará de gustarle.
Sí, pero da igual, hay que seguir porque esa es la gasolina que hace despegar al sistema productivo. Por eso vamos a sociedades cada vez más irreflexivas e impulsivas. Piense en Amazon. ¿Qué es lo que nos vende Amazon? Impulsividad. Tenlo ahora. Y esa impulsividad es la que nos está subyugando y nos lleva a perder el control sobre el deseo. Sabemos lo que queremos, que es el placer, pero no sabemos por qué lo queremos. Y no sabemos qué hacer con él. El niño sabe que quiere chocolate pero no sabe cuándo su placer va a dejar de ser un bien para él... Creo que estamos enfermos de felicidad. No me encaja del todo esa palabra pero es la que se me aparece. Con nuestro estilo de vida no sabemos vivir bien y la ética trata de eso, de cómo vivir bien y de qué es no saber vivir. Los medicamentos más recetados en España son los antidepresivos y los ansiolíticos. Y es curioso porque los antidepresivos no combaten un virus, ni ningún agente externo, sino que tienen que ver con nuestra manera de entender el bien. Es nuestra propia manera de vivir la que nos está enfermando. Lo que tenemos por bueno nos está haciendo mal.
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¿Se anima a comparar esto que cuenta con la vida de la generación de sus padres? ¿Qué impedía a sus padres tener una vida digna?
Tenían limitaciones materiales, pero tampoco eran tan graves ¿no? A cambio, tenían algo que hemos ido perdiendo, la capacidad de entender que la realidad podría ser de otra manera. La ética trata no del ser, sino del deber ser. Nos impulsa a soñar con un mundo mejor. Hoy le preguntas a cualquier chaval por el futuro y descubres que el futuro les da pavor. El futuro es un lugar en el que no pensar. Y hay otra diferencia: mis padres tenían sueños particulares, una casa, un cochecito, unas vacaciones, y también tenían sueños colectivos y eso es importante señalarlo, porque la palabra comunidad está en el núcleo de la idea de ética. La ética nace en la gracia democrática, no puede florecer en la soledad del individuo. El barrio, la parroquia, el club deportivo, los amigos, la familia. Progresivamente, esas comunidades se han diluido y han dejado al individuo solo. Independiente, en apariencia, sin responsabilidad política, abandonado frente al poder tremendo del mercado. El precio del individualismo, el precio de que a mí no me importe lo que le pasa al vecino, es que yo tampoco le importo a nadie.
La comunidad también puede ser invasiva y puñetera. Usted es andaluz, piense en el nosotros de Lorca.
Claro. Pero la solución no es negar el nosotros, es educarnos para hacer un buen nosotros. Me gustan mucho los conceptos de sociedad abierta y sociedad cerrada, para definir la sociedad en la que ese nosotros se impone el individuo o no. ¿Permite el nosotros que el yo le formule una crítica? ¿No? Entonces estamos ante una sociedad cerrada. En la sociedad abierta una comunidad puede cambiar en cualquier momento si el individuo convence al resto. El bien común no es algo opuesto al bien individual, es algo necesario para el bien individual y a la inversa. Y el bien común es algo que hay que tener continuamente identificando y continuamente cuestionado, porque si nos viene dado, mala señal. Si nos viene dado y alguien viene a decirnos lo que nos conviene a todos, puede que estemos ante un tiranía.

"La felicidad no es el fin. El fin son otras cosas, que asociamos a la dignidad como el bien, la justicia, la verdadera amistad, el amor... Persiguiendo esos fines se puede encontrar uno con la felicidad"

También me interesa la palabra «idealismo». Cualquiera recuerda de bachillerato que los filósofos idealistas tenían un poco peor fama que los materialistas. Pero, en los dilemas que presenta su libro, es el idealismo el que a menudo lleva a entender la realidad.
Yo no tengo ningún problema con la palabra idealista. Creo que el ser humano necesita ideales y que sin ellos no podemos gobernarnos ni a nivel individual ni a nivel colectivo. El deontos de los griegos es el deber ser y es uno de las cosas que definen al ser humano: el ser humano no se contenta con el ser, se pregunta por el deber ser. Y por eso hacemos arte y por eso hacemos política y por eso hacemos ética... Porque soñamos que las cosas podrían ser mejores somos humanos. Idealista es una palabra que tiene connotaciones negativas, idealista remite a irrealizable. Bueno: los derechos, las libertades y los valores que hoy disfrutamos no han estado ahí siempre, no son naturales como el aire que respiramos. Fueron ideales y fueron desarrollados por hombres y mujeres que soñaron con un deber ser y que no se conformaron con el ser. Eso también es la filosofía. La libertad es obra de la filosofía, igual que la separación de poderes, la democracia, el valor de la justicia... O el mismo concepto de dignidad.
Siguiente palabra: felicidad.
Felicidad viene ligada a dignidad precisamente. Hoy, la pregunta omnipresente es ¿cómo ser feliz? La gente está obsesionada con encontrar la felicidad, pero la considera como un objeto de consumo. Si no es una dieta, es una experiencia, o una casa o un coche, o lo que fuere. Yo creo que la pregunta no es cómo ser feliz, sino cómo hacerse digno de la felicidad. La felicidad, por tanto, es algo que llega, por así decirlo, de segundas. No es el fin. El fin son otras cosas, que asociamos a la dignidad como el bien, la justicia, la verdadera amistad. El amor, también... Y, persiguiendo esos fines se puede encontrar uno con la felicidad. Piense en la amistad. Todas las grandes escuelas filosóficas de la Antigüedad concibieron la amistad como algo imprescindible para una vida feliz. Pero ojo, nadie debe ir a la amistad usándola como un medio para ser feliz, porque eso sería utilizarnos y no nos dejaría disfrutar de la amistad ni alcanzar la felicidad.

¿Y la palabra dignidad?
Me quedo con Sócrates, la dignidad es una forma de vida tan elevada, que sería preferible perder la vida antes que perder esa forma de vivir.
Hay una idea flotando en el libro: es el inconformismo intelectual el que nos hace éticos, es el conocimiento y la reflexión las que nos hacen buenas personas. No creo que vaya a ser una idea muy popular.
Lo sostengo. La ética es el conocimiento necesario para ser buena persona, para mirarnos por la mañana en el espejo y que no se nos caiga la cara de vergüenza. La prueba es que, cuando se queja continuamente de la falta de ética, se queja de la falta del conocimiento. No es casualidad que haya desaparecido del sistema educativo. Es como si prescindiéramos de la planta de oncología en el hospital.

"Mi abuela podía acertar respecto al bien por sentido común o porque tenía intuición, pero ella estaba en la creencia, no en el conocimiento"

Seguro que tuvo una abuela sin estudios que era más buena que el pan y a la que los nietos adoraban.
Sí, y Montaigne hablaba de los jornaleros del campo que tenían más conocimiento que sus señores en la biblioteca. Mi abuela podía acertar respecto al bien por sentido común o porque tenía intuición, pero ella estaba en la creencia, no en el conocimiento. Y Platón dijo que la ética es la separación entre creencia y conocimiento. Una creencia, la ley de la tribu, puede ser verdadera, por supuesto. También una ideología, que es lo contrario de la ética. Pero también puede no serlo. Si las seguimos, es porque es la ley de la tribu. La gente que quemaba brujas y linchaba a esclavos tenía la creencia de que hacían el bien. ¿Tenían ese conocimiento? Lo dudo. Los que hacen campañas de linchamiento hoy en día en redes sociales que promueven campañas de cancelación, también están convencidos de lo que hacen. Pero Platón nos decía que el conocimiento lo podemos distinguir de la creencia porque puede responder a la pregunta de por qué es verdadera. La ética nos invita a reflexionar acerca de si nuestras creencias sobre lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto son las correctas. Por supuesto que podemos equivocarnos, puede, efectivamente, que estemos haciendo el mal sin saberlo, o lo que es peor, puede que estemos haciendo el mal pensando que somos buenas personas. Puede que estemos trayendo a este mundo más injusticia, maldad, falsedad y fealdad, cuando creemos que estamos haciendo lo contrario. Pero ante ese riesgo sólo nos queda hacer más ética. Es muy importante que nos preguntemos constantemente por nuestras creencias acerca de lo justo y lo injusto es realmente. La alternativa a hacer ética es hacer ideología, que es lo contrario.
¿Cómo?
A través del diálogo, es así desde la Grecia antigua. La única manera de hacer ética es confrontar nuestras posiciones a los de los otros. Argumentar y razonar ante los demás y escuchar cuáles son los argumentos y las razones que tienen los demás. Sócrates decía que pensar ya era dialogar con uno mismo, es decir, es un ejercicio en el que yo tengo que cuestionar y examinarme a mí mismo, lo que tengo por bueno y por malo.

Ética en la calle: Más #FiloRetos para la vida cotidiana

Editorial Ariel. 280 páginas. 18,90 euros. Puede comprarlo aquí