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Entrevista No Vista

David Pastor Vico: "El que es malo acaba solo y tiene una vida de mierda"

Se fue de Sevilla a México para dar clase en la AutóNoma y allí se convirtió en el gran divulgador de su disciplina. 'Filosofía para desconfiados', su ensayo sobre el nosotros y la fe en las personas, tiene su primera edición en España (Ariel)

David Pastor Vico.
David Pastor Vico.Ángel Navarrete
Actualizado

Los libros de divulgación de Filosofía me exigen mucho más que los de Historia, Economía o Arte. Leo despacio, no sé si porque no me da.
Lo escribo en este libro: «Sé que estás impaciente. Sigue adelante, no dejes de leer porque la filosofía es una carrera de larga distancia, y acabarás por encontrar un sentido». El conocimiento avanza en dientes de sierra. Subes un escalón y caes. Subes, ahondas y más ignorante te sientes. Es duro. Te vuelve humilde por huevos, del latín opus, necesidad.
¿Le gustó estudiar Filosofía?
Me encantó. Yo fui muy mal estudiante de Bachillerato. Me gustaba la farra, el heavy, la cerveza... Me lo pasaba muy bien y, a la vez, sufría mucho. Leía poesía. En Tercero de BUP teníamos Filosofía y ahí vi que entendía las cosas casi por por intuición. Entré en la facultad para encontrar mi sitio. Hubo frustraciones pero el aprendizaje fue maravilloso.
Para saber más

Este libro habla del problema del nosotros. ¿Es así?
Correcto.
¿Por qué es un problema?
Epicuro habla del dolor social. No siempre encajamos, hay fricciones. Eso es universal. Nuestra particularidad es que el dolor social, desde el siglo XIX, viene de la creencia de que sólo los fuertes sobreviven y de que el hombre es egoísta por naturaleza. Es una falacia, es mentira. El apoyo mutuo es el gran principio de adaptación de nuestra especie. Pero el pensamiento individualista nos halaga porque a todos nos gusta sentirnos especiales. Nuestro cerebro es maravilloso pero es imperfecto. Un defecto es que se cree mejor que el de los demás.
¿Y eso de «pueblo chico, infierno grande»? El nosotros puede ser invasivo, como en el teatro de Lorca.
A Lorca le tocó un mundo muy cabrón. Y le cito a otro poeta, Antonio Machado: «Sólo se canta a lo que se pierde». Al nosotros le hemos sacado mala fama y lo bueno no lo cantamos. Pueblo chico... sí. Pero yo he vivido 10 años en una ciudad de 25 millones de habitantes. Y no lo quiero. Por la soledad, por la tristeza de vivir solo en compañía. Los problemas del prójimo te resbalan. Iba cada dos días a un súper, el Superama, y siempre pedía lo mismo, cinco chapatas, a la misma señora, Juana. Y Juana jamás me dijo ¿cinco chapatas? Volví a Utrera y la segunda vez que fui al Casa Basilio a desayunar me dijeron «¿lo mismo que ayer?».
¿Por qué Juana no le dijo nunca «lo de siempre»?
Porque le enseñaron que ser buen profesional es «no te metas, no te vincules, no te iguales». En México se usa mucho ese «no te iguales», no pretendas ser de mi estatus si no lo eres. La realidad es que necesitamos anclajes personales. Decir «¿lo de siempre?» hace que el cliente vuelva.
Hábleme del índice de confianza.
El índice de confianza interpersonal responde a la pregunta: ¿cree que se puede confiar en los demás? Se empezó a estudiar tras la II Guerra Mundial con la hipótesis de que si hay más confianza, más difícil es matar a seis millones de judíos. En EE UU, en 1968, hicieron el primer estudio y salió un dato alto, cincuenta y tantos por ciento de confianza. Los sociólogos entendieron que la confianza es salud democrática. La gente habla, asume su responsabilidad, vigila la corrupción, confronta ideas y así llega al conocimiento. También es felicidad. Feliz se es juntos, nadie es feliz solo, Aristóteles se lo dijo a su hijo. Y es salud: Finlandia es el país más feliz del mundo según la ONU, no según un tío en Instagram. Con esa mierda de clima, ya me duele... También tiene la mayor confianza interpersonal, un 80%. España tiene un 30% y va a la baja. México, un 14%. Llegó la pandemia: España tuvo seis olas. México, ocho olas. Finlandia, una.
En la universidad, los profesores temen las denuncias de los alumnos y evitan el trato amistoso. O sea: el derecho del alumno a no ser humillado llevó a la desconfianza.
Eso ocurre porque vivimos en la falsa creencia de que los derechos están para siempre, de que no hay que luchar por ellos. Los derechos se dan por hechos, dejan de comportar responsabilidad y se envilecen. Piense en las asociaciones de madres y padres. Funcionaron increíblemente bien en España hasta que tomaron conciencia de su poder político, del miedo que causaban. Entonces, se volvieron herramientas políticas y perdieron su autoridad. En ese momento estamos, el que tiene el palo más largo quiere mandar con él y los derechos que dimos por hechos ya no están claros. Hasta en el derecho internacional vemos lo mismo.
¿Y la amabilidad? Ya no hay taxistas ni guardias civiles antipáticos.
La amabilidad es un código que funciona pero es epidérmico. México es amabilísimo, dicen que los españoles somos bruscos. Y mire la tasa de asesinatos. Hay algo que sabemos los filósofos: ser bueno es una apuesta a largo plazo para tener una buena vida. Hay una capacidad retributiva. El que es malo acaba solo. Y tiene una vida de mierda.

La última.

P. ¿Cuál es la pregunta más impertinente que le han hecho? ¿Y qué respondió?

R. Por qué el título. Me desespero. Mire, yo me esfuerzo por dar una entrevista única, que le sirva a usted y a mí. Si me pregunta lugares comunes ninguno va a sacar provecho.