En Charlie y la fábrica de chocolate, Willy Wonka presume de un gran ascensor de cristal capaz de viajar en cualquier dirección: «Puede ir de costado, a lo largo y en diagonal. ¡Simplemente se aprieta un botón y... zing... se parte!». Algún tipo de delirio arquitectónico similar debió de poseer a los diseñadores del velódromo Palma Arena en 2007 cuando decidieron doblar la apuesta y parir un reluciente ascensor que abre sus puertas de par en par hacia ninguna parte.
Este surrealista monolito de metal sigue hoy varado sobre el aparcamiento del Velódromo de las Islas Baleares 18 años después de su inauguración, y ha terminado por convertirse en una de las reliquias más memorables que dejó tras de sí el famoso caso Palma Arena. Un escándalo de sobrecostes y adjudicaciones irregulares que empujó a Jaume Matas al abismo judicial y cuya onda expansiva alcanzó también a la Casa Real, con Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina arrastrados a escena por la onda expansiva del caso Nóos.
La infraestructura se proyectó para albergar el Campeonato Mundial de Ciclismo en Pista de 2007 y regalarle a Mallorca una instalación de primer nivel capaz de atraer eventos internacionales. El pomposo estreno de sus 90.000 metros cuadrados siguió esa misma lógica faraónica, con interpretaciones musicales, una vuelta de honor del seis veces campeón del mundo Guillem Timoner y hasta 96 actores teatrales desplegando acrobacias imposibles ante un palco repleto de autoridades sonrientes por estar asistiendo al parto de lo que Matas había vendido como «la obra deportiva más importante de la isla».
Durante un suspiro, el espejismo funcionó. El Mundial se despachó sin contratiempos mayores, el parqué acogió el fragor del EuroBasket y el recinto acabó regalando a la posteridad aquella estampa marciana de la Batalla de las Superficies, con Rafael Nadal y Roger Federer midiéndose en una pista partida por la mitad; tierra batida a un lado y hierba al otro.
Pero el brillo inaugural pronto dejó paso a las grietas. Apenas unos meses después de los fuegos artificiales, la Fiscalía Anticorrupción abrió una investigación que desató un terremoto judicial al constatar que el presupuesto inicial de 48 millones de euros se había desbocado hasta rebasar los cien. Un coste desorbitado para un edificio que, pese a todo el dinero invertido, ya había nacido con heridas estructurales y goteras.
Un informe técnico elaborado en 2011 llegó a detectar hasta 228 deficiencias en el edificio. Entre la ristra de despropósitos aparecían el cableado eléctrico al descubierto, sistemas de climatización defectuosos y una red de filtraciones que se extendía por todo el aparcamiento. Muchos de ellos fallos que, aún tras el desfile de los sucesivos gobiernos del PP y PSOE, siguen exactamente donde estaban hace casi dos décadas.
«Es ridículo. El problema no es solo que existan estos fallos, sino que después de tantos años nadie se haya dignado a cambiar nada. Ahí sigue el ascensor fantasma...», denuncia una de las trabajadoras del recinto.
Tampoco la pista de ciclismo escapó al desastre técnico. Los 60.000 metros cuadrados de madera de pino siberiano importados de Ucrania, llamados a ser el gran orgullo del proyecto, resultaron ser una chapuza inviable para cualquier competición oficial. El dato roza el surrealismo: el Mundial de 2007 se corrió sobre una superficie que ni siquiera estaba homologada. Fue necesario esperar años y ejecutar una reforma millonaria para arrancar aquel fraude de madera y obtener, por fin, el sello de la Unión Ciclista Internacional.
El caso Palma Arena terminó por devorar 19 meses de instrucción y sentó en el banquillo a una treintena de empresarios y políticos en un desfile de decadencia que abrió la veda de un escándalo mayor.
En un intento por desligar al recinto de la ponzoña de la corrupción, en 2019 se optó por rebautizar a la mole como Velódromo de las Islas Baleares y se estrenó junto a un nuevo logotipo para intentar que el brillo del diseño ocultara el rastro de Matas. Sin embargo, a día de hoy, la mayoría de los mallorquines siguen refiriéndose a él por el nombre que figura en los sumarios judiciales y, pese al rebranding, el lavado de cara nunca vino acompañado de soluciones reales. Testigo de ello son los charcos que aún colonizan buena parte del recinto, los escombros, los cajeros automáticos inservibles...
Y, por supuesto, el infame ascensor que no lleva a ninguna parte. Se construyó para conectar el aparcamiento con una flamante pista de atletismo que nunca llegó a existir. Hoy sus puertas se abren ante un descampado donde las barcas de la Federación de Vela conviven con la basura. Tiene cierta gracia que un ascensor que no ha transportado a nadie en 18 años, terminase por conducir a más de uno a su destino judicial definitivo.
CRÓNICA... DE LAS GRANDES CHAPUZAS
(1) La A-14 de la Ribagorza: la autovía que no lleva a ningún sitio
*La serie 'Crónica...de las grandes chapuzas' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO.


